sábado, 7 de septiembre de 2013

Fútbol eterno


Derrotado en su sofá espera por una llamada. Aún oye las excusas, quejas, insultos, gritos que desaparecen con la indiferencia o la frustración, quién sabe. Aún observa los llantos de infortunio de algunos, no de todos, él sabe cuáles sufren, se siente a través de esa caja boba. Parece que nunca acabarán los comentaristas de mostrarse tan mermeleros. Al costado el viejo padre que se levanta, huyendo así de las inoportunas preguntas del pequeño. La desilusión lo conmueve. El pequeñito lo persigue porque sabe que el anciano padre soporta pesadas lágrimas, que no lo puede hacer frente a él. Le dice que ya pasó y que meterá un gol en su colegio para él. El hijo mayor sigue sentado frente al televisor esperando esa llamada. Todavía siguen hablando los protagonistas. El dueño del show ha escapado entre guardias. Puta la hora en que se nos cruzó piensa el ingenuo muchacho. En el fútbol no existe la justicia escucha decir al comentarista. Sonríe por fin. El pequeñito baja y le dice que apague la TV que es tardísimo. Recuerda sentado, que cuando era tan pequeño como su él jugaba muchas horas, corría como un loco detrás del balón. Amaba el fútbol pues en la canchita de su barrio este deporte le transmitía comunión. Siempre al terminar las pichanguitas todos volvían a ser amigos. Que cuando jugaba en ese cemento agrietado encontraba justicia. El equipo que se esforzaba más ganaba; siempre. Que había amor porque a nadie se le ocurrió nunca hacer daño al otro. Incluso al que le faltaba dinero para comprar una bebida, había alguien para decirte: toma, te invito; así no lo conozca. El bullicio repentino del televisor lo ha desconcentrado violentamente. Parece que muchos hinchas han entrado a la cancha a reclamar justicia, esa que tuvieron también en sus pichanguitas. No es el único piensa. La llamada no se hace presente. La violencia engendra violencia y por más que sea justificada nunca es buena. Continuamente ha repudiado esta. Nunca la ha justificado y por el contrario la ha denunciado, pero hoy, que ha perdido un mundial, quiere sacarles la mierda al árbitro y toda su terna. Quiere agarrarlos uno por uno y sin buscar algo concreto (porque ya el muerto está enterrado) verlos sufrir, sangrar, llorar de dolor. Agarra el control remoto con mucha rabia y está dispuesto a lanzárselo al árbitro. Está allí en la pantalla brindando declaraciones para varias cadenas chupamedias: “Todos somos humanos”, repite y repite el abrumado juez. De pronto su hermanito le implora que no lo haga, que no se moleste tanto que él va a meter un gol por su papápa y por él. Afuera ha empezado a llover. Las calles vacías y el sonido de las gotas pesadísimas que se escuchan como ecos en las paredes. Ya es muy tarde para recibir la llamada. La llamada de Dios que le diga que todo ha sido un sueño y que Perú todavía puede estar en un Mundial.

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