Las mesas distribuidas de tal
manera que cuando uno se pone de pie para retirarse nunca se va a chocar con
otro que también sale. Afuera, hay mesas pequeñas pero lujosas, todas bajo una
sombrilla. De distintos colores. Pero no más brillantes que los cubiertos
hechos de plata, que a la luz del sol se vuelven oro puro. Los meseros están
uniformados de blanco, bien engominados y con los clásicos zapatos de charol.
Parece París u otra capital de Europa, pero no, es Lima. Mi capital, la ciudad donde
anhelaba regresar. Hace quince años que no toco este suelo hermoso, con sus
típicas calles y sus gratos habitantes. He perdido las nociones de tráfico, de
asalto a mano armada y de corrupción. De maldad, mediocridad e impunidad. Es extraño pensar cómo ahora. Y más aún si has
estado viajando por todas partes del mundo observando distintas maneras de
sacarle la vuelta a la vida. Me siento raro. Así de simple. Extraño. Si me
pusiera a conversar con el señor de gafas de al lado seguro me diría que todo
sigue igual. Que todo lo que hay en Lima es jodido. Compadrito estamos en el infierno. Por eso no quiero hablar con
nadie aún, quiero esperar a Liset. Ella fue mi promoción, incluso fue mi pareja
de baile. Cuando estudiábamos en el Montecaarlo yo le decía que quería casarme
con ella pero a modo de broma, ella replicaba dándome un besito en el cachete.
Bien tierno el instante hasta que consiguió un patán que me agarró a trompadas.
De ahí en adelante sólo nos dábamos abrazos. Retomando, me parece que Lima ha
mejorado. Una percepción casi asegurada pues cuando bajé del avión me
recibieron tres taxistas animosos de llevarme a mi estancia. Yo les dije muchas
gracias, ellos insistieron (síntoma de prestancia), finalmente llegó mi taxi
personal y me retiré. Me dijeron a lo lejos: una propina varón. Quizás era para
cubrir su seguro del auto, lástima que no pude colaborar. De ahí, recuerdo que
cuando fui a hospedarme en el Westin la señorita de recepción me susurro al
oído: que bien hueles guapo. Yo sonreí y agradecí su aprecio. En Irlanda me
pasaba lo mismo, pero en irlandés claro. También el señor que recogió mi
equipaje me dijo que no era obligatorio pagarle en el momento por subir las
maletas, sino que a fin de mes podía subvencionarla e incluso
fraccionarla. Estas cosas me hacen pensar
que todavía hay buenos ciudadanos, gente de buen corazón que quiere salir
adelante. Mi conflicto ahora es conmigo. En medio de esta parcial adrenalina
por ver a Liset y hablar de muchas cosas me siento confundido. No sé qué
preguntarle, no sé por dónde empezar. Ella siempre fue arrebatada, siempre
disparaba al hablar, si no te gustaba, te la comías entera. Muchas veces ha
salido de problemas por tener ese carácter. He anotado varias preguntas en
pegatinas para acordarme de todo. Es curioso pero mientras escribo en las
pegatinas hay tres tipos vestidos de negro que me están tomando fotos a
escondidas. Creo que se han confundido, de seguro creen que soy un cantante
famoso o un súper actor. Como todavía Liset no llega he pedido una entrada para
degustar, junto con esta (y como siempre lo hago) les pedí un cuadro de
porcentajes de proteínas y carbohidratos que tenía este extraño plato. Me han
dicho que todo está bajo los regímenes de la OMS, lo cual me parece excelente.
Incluso dicen que se ha puesto de moda comer plástico procesado en vez de arroz
y carne de caballo en vez de porcino. Genial. Me parece interesante que Lima
haya avanzado tanto en gastronomía. Me pone muy contento al saber que estoy
comiendo algo decente. Por supuesto he acompañado este plato con una gaseosa
llamada Tinka Cola, total novedad para mi paladar, por supuesto, cero grasas,
me lo ha afirmado el dueño del local. Sigo revisando mis pegatinas y esperando
a mi ansiada compañera. Me parece que ha perdido su celular pues no contesta
hace una hora.
He esperado mucho, cinco horas
aproximadamente. Tengo contracturas en la espalda y piernas por estar sentado
tanto tiempo. Ya no pude esperar más y he pedido la cuenta al mesero. Respondió
de inmediato a mi llamado. He tenido que pagar cuatrocientos setenta soles por
mis dos platos de comida y mi gaseosa Tinka Cola. Ha replicado que el
restaurant hace un colectivo de ayuda social para los niños quemados de ANIQUEM,
por eso tal costo. Allí fue cuando accedí a pagar y entregué mi tarjeta de
crédito con suma confianza. Ahora que he subido al taxi me siento triste por Liset.
De repente le ha ocurrido algo trágico y yo no puedo hacer nada porque ni
siquiera sé dónde vive, pobre mi fiel amiga Liset. Curioso que apenas subí al
taxi, los tipos que me fotografiaban antes, también subieron a otro y me siguen
por detrás; pecarán de ingenuos al darse cuenta que no soy un actor de
Hollywood o de Bollywood (por mi barba oriental), ni tampoco un cantante de pop
o indie. El taxista amable me ha dicho que tenga mucho cuidado. Agradecí. La gente
ha cambiado, estoy seguro. Lima ha mejorado desde que me fui. Recuerdo que
cuando vivía aquí los ciudadanos eran frívolos, malvados y mediocres. Ahora
todo es color rosa, que bien por Lima y sobre todo por el Perú. Antes de bajar
del taxi quiero acotar que me han invitado un caramelo. Está muy delicioso, es
colombiano me ha dicho el conductor, pura fruta natural, lo malo es que te
genera mucho sueño. Mucho.