lunes, 21 de abril de 2014

El ingenuo forastero que regresa a su país.

Las mesas distribuidas de tal manera que cuando uno se pone de pie para retirarse nunca se va a chocar con otro que también sale. Afuera, hay mesas pequeñas pero lujosas, todas bajo una sombrilla. De distintos colores. Pero no más brillantes que los cubiertos hechos de plata, que a la luz del sol se vuelven oro puro. Los meseros están uniformados de blanco, bien engominados y con los clásicos zapatos de charol. Parece París u otra capital de Europa, pero no, es Lima. Mi capital, la ciudad donde anhelaba regresar. Hace quince años que no toco este suelo hermoso, con sus típicas calles y sus gratos habitantes. He perdido las nociones de tráfico, de asalto a mano armada y de corrupción. De maldad, mediocridad e impunidad.  Es extraño pensar cómo ahora. Y más aún si has estado viajando por todas partes del mundo observando distintas maneras de sacarle la vuelta a la vida. Me siento raro. Así de simple. Extraño. Si me pusiera a conversar con el señor de gafas de al lado seguro me diría que todo sigue igual. Que todo lo que hay en Lima es jodido. Compadrito estamos en el infierno. Por eso no quiero hablar con nadie aún, quiero esperar a Liset. Ella fue mi promoción, incluso fue mi pareja de baile. Cuando estudiábamos en el Montecaarlo yo le decía que quería casarme con ella pero a modo de broma, ella replicaba dándome un besito en el cachete. Bien tierno el instante hasta que consiguió un patán que me agarró a trompadas. De ahí en adelante sólo nos dábamos abrazos. Retomando, me parece que Lima ha mejorado. Una percepción casi asegurada pues cuando bajé del avión me recibieron tres taxistas animosos de llevarme a mi estancia. Yo les dije muchas gracias, ellos insistieron (síntoma de prestancia), finalmente llegó mi taxi personal y me retiré. Me dijeron a lo lejos: una propina varón. Quizás era para cubrir su seguro del auto, lástima que no pude colaborar. De ahí, recuerdo que cuando fui a hospedarme en el Westin la señorita de recepción me susurro al oído: que bien hueles guapo. Yo sonreí y agradecí su aprecio. En Irlanda me pasaba lo mismo, pero en irlandés claro. También el señor que recogió mi equipaje me dijo que no era obligatorio pagarle en el momento por subir las maletas, sino que a fin de mes podía subvencionarla e incluso fraccionarla.  Estas cosas me hacen pensar que todavía hay buenos ciudadanos, gente de buen corazón que quiere salir adelante. Mi conflicto ahora es conmigo. En medio de esta parcial adrenalina por ver a Liset y hablar de muchas cosas me siento confundido. No sé qué preguntarle, no sé por dónde empezar. Ella siempre fue arrebatada, siempre disparaba al hablar, si no te gustaba, te la comías entera. Muchas veces ha salido de problemas por tener ese carácter. He anotado varias preguntas en pegatinas para acordarme de todo. Es curioso pero mientras escribo en las pegatinas hay tres tipos vestidos de negro que me están tomando fotos a escondidas. Creo que se han confundido, de seguro creen que soy un cantante famoso o un súper actor. Como todavía Liset no llega he pedido una entrada para degustar, junto con esta (y como siempre lo hago) les pedí un cuadro de porcentajes de proteínas y carbohidratos que tenía este extraño plato. Me han dicho que todo está bajo los regímenes de la OMS, lo cual me parece excelente. Incluso dicen que se ha puesto de moda comer plástico procesado en vez de arroz y carne de caballo en vez de porcino. Genial. Me parece interesante que Lima haya avanzado tanto en gastronomía. Me pone muy contento al saber que estoy comiendo algo decente. Por supuesto he acompañado este plato con una gaseosa llamada Tinka Cola, total novedad para mi paladar, por supuesto, cero grasas, me lo ha afirmado el dueño del local. Sigo revisando mis pegatinas y esperando a mi ansiada compañera. Me parece que ha perdido su celular pues no contesta hace una hora.

He esperado mucho, cinco horas aproximadamente. Tengo contracturas en la espalda y piernas por estar sentado tanto tiempo. Ya no pude esperar más y he pedido la cuenta al mesero. Respondió de inmediato a mi llamado. He tenido que pagar cuatrocientos setenta soles por mis dos platos de comida y mi gaseosa Tinka Cola. Ha replicado que el restaurant hace un colectivo de ayuda social para los niños quemados de ANIQUEM, por eso tal costo. Allí fue cuando accedí a pagar y entregué mi tarjeta de crédito con suma confianza. Ahora que he subido al taxi me siento triste por Liset. De repente le ha ocurrido algo trágico y yo no puedo hacer nada porque ni siquiera sé dónde vive, pobre mi fiel amiga Liset. Curioso que apenas subí al taxi, los tipos que me fotografiaban antes, también subieron a otro y me siguen por detrás; pecarán de ingenuos al darse cuenta que no soy un actor de Hollywood o de Bollywood (por mi barba oriental), ni tampoco un cantante de pop o indie. El taxista amable me ha dicho que tenga mucho cuidado. Agradecí. La gente ha cambiado, estoy seguro. Lima ha mejorado desde que me fui. Recuerdo que cuando vivía aquí los ciudadanos eran frívolos, malvados y mediocres. Ahora todo es color rosa, que bien por Lima y sobre todo por el Perú. Antes de bajar del taxi quiero acotar que me han invitado un caramelo. Está muy delicioso, es colombiano me ha dicho el conductor, pura fruta natural, lo malo es que te genera mucho sueño. Mucho.