Es lunes y ya empieza la travesía. Hoy te toca
ir al instituto muy temprano. Te vistes con las mejores fachas, según tu ojo
inquisidor. Te diriges al paradero mientras vas contando en el camino cuanto de
dinero te sobró ayer y que por suerte está en tu billetera. No hay mucho pero
es lo suficiente como para probar algo nuevo, algo que se te ha venido como una
ráfaga a la mente y que se te hace imposible olvidar. Tomas el bus de siempre,
ese que te lleva hasta el centro de estudios. Está repleto, ¿la gente suda tan
temprano? te preguntas mientras haces gestos con la cara y te tapas la nariz
disimuladamente. De repente la señora de verde y sandalias negras se para y te
dice: jovencito, aquí siéntese, señalando su asiento. Agradeces con la cabeza y
te desparramas sobre el cuero sintético. Mientras viajas observas a mucha gente
por la ventana. La mayoría está ocupada: hablan por teléfono, caminan leyendo, incluso
se maquillan. Otros corren, gritan a gran distancia, se pelean y
lamentablemente también asaltan. El bus frena torpemente y te quita la profunda
atención. Maldices mentalmente al conductor y a su familia. Luego de buen rato
el cobrador te pregunta dónde vas a bajar. Tú le dices dubitativamente que vas
hasta el último paradero, que vas hasta ventanilla. Volteas para mirar quién te
acompañará en tu traviesa travesía, pero no hay nadie, eres el único que
amaneció con ganas de cambiar su rutina, así lo piensas, así lo escribe el
destino vuelves a pensar. Apenas bajas del bus, un fuerte ventarrón te recibe
amablemente. Mientras terminas de sacudirte la ropa observas un parque
agradable a dos cuadras. Te diriges hacia él lo más calmado posible. En medio
de este parque, donde hay una estatua de un héroe que olvidaste su nombre, hay
un señor que vende chupetines, chicles, gaseosas y cigarros solapadamente.
Pides un par de puchos y compras su encendedor. De regreso hay tres arboles que llaman tu atención pues se parecen mucho a
los que hay cerca a tu casa. Los comparas y te quedas con el de la derecha, le
sientes un “feeling”. Te recuestas y empiezas a fumar. Piensas en lo que
deberías estar haciendo, en tus clases, con tus amigos, con tu mejor amiga. El
silbido de los pájaros es magistral. Te acuerdas de tu hermano que te enseño a
silbar como ellos. Cierras los ojos e intentas pero es inútil. Te atoras con el
humo del cigarrillo y de repente
escuchas una risotada que viene del árbol de al lado. ¿Sabes fumar? te consulta
mostrando su consumido cigarrillo. Es una chica y es muy bonita. Tiene ojos
grises, cabello castaño y la piel pálida. Lleva unas converse y un jean
apretujado que le realzan las caderas. El hecho de mirarla a los ojos te ha
puesto tímido y le respondes esquivando su mirada: si, bastante. Ella quiere
sentarse junto a ti y tú accedes. Charlan mucho tiempo. La conversación se
vuelve amena y tú ya te sientes en confianza. Tienen muchas cosas en común,
especialmente en la música. Pero realmente lo que te sorprende es el hecho de
haber encontrado a alguien que haya pensado y realizado lo mismo que tú. Ella también
ha faltado a sus clases y ha decidido viajar lo más lejos posible para liberarse.
La escena que construyeron se cierra con un beso apasionado, de esos besos que
no vuelves a dar dos veces en la vida. Se revuelcan en el pasto intensamente
hasta que un guardia los obliga a retirarse. Ha pasado mucho tiempo y ya casi
son las cuatro de la tarde. Te despides diciéndole que la amas y ella se
sonroja. Te da su teléfono y tú lo anotas con apremio. La ves partir en un bus
verde. Tienes una sonrisa exagerada. La felicidad te embarga. Sin buscarlo has
conseguido el amor de tu vida. Te das cuenta que no estás solo, que nadie está
solo en esta vida.