Hola, es gratificante empezar este blog con un cuento muy especial. Este fue ganador de una mención honrosa especial en el concurso de narrativa de la universidad de lima de este año. Todo un honor ser calificado por tu profe. de literatura, quizás uno de los incentivadores indirectos de esta pasión. Disfruten y escupan con el alma.
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Hoy
se decide quién será el ganador del
concurso nacional de narrativa.
Los resultados se expondrán a golpe de seis de la tarde en el Centro de
Convenciones María Angola, en Miraflores. Todos los concursantes deberán
asistir con traje de gala y a la hora exacta, nada de hora peruana. Jaime está
muy nervioso. No ha tomado desayuno ni ha realizado su rutina de ejercicios.
Por su parte, Mario está muy
tranquilo, incluso se ha puesto a redactar
más cuentos para distraerse de las tensiones. Nada lo detiene y escribe abstraído
y concentrado como siempre lo hace. Jaime no ha podido conciliar el sueño, así
que tiene los ojos sumamente rojizos. La raya que caracteriza su cabello se ha
deformado y las uñas de sus manos están desfiguradas pues se ha pasado toda la
noche comiéndoselas. A pesar de haber tomado más de cinco tazas de manzanilla y
hierbabuena, no se ha podido calmar. La angustia lo asesina. Ha salido muy
temprano de casa para comprar relajantes en la farmacia de la esquina. No le
quisieron vender, ni siquiera atender, por ser un incivilizado, por ser un menor de
edad. Sin embargo, siempre hay una luz en medio de la angustiosa oscuridad. Su
madre ha hecho de superheroína y ha podido sosegar la inestabilidad emocional
por la cual pasaba Jaime. Muy moderna, le ha dicho que lo acompañe a sus clases
de yoga. Él ha respondido prevaleciendo su
pre- adolescencia: ¡no!, ahí solo van las
mujeres. Pero como siempre, mamá se
las sabe todas, y ha replicado: Jaimito es por tu bien; prometo que esto
calmara tu angustia y purificara tu mente. Jaime no tenía nada que perder,
pues accedió después de caprichitos de un hijito de mami.
Estando
en la sala de yoga, Jaime observa como las señoras regordetas, y otras
paliduchas, se empiezan a contornear haciendo figuras seductoras con sus
extremidades. Todas están en licras. Jaime se ruboriza. Jaime se quiere quedar.
La instructora lo coge de los hombros y le dice: que haces mirando ahí parado, ¡vamos!, ponte en la fila. Jaime sigue
al pie de la letra lo que ella dicta en cada sesión; postura de la tabla, luego
postura de la silla, de ahí se arrodilla con los pies juntos, los empeines
tocando el suelo y los brazos estirados para dejarse llevar por este ambiente
mágico que solo transmite paz. Como siempre, mamá ha logrado su cometido.
Ni siquiera llega el mediodía y Mario ya acabó
con cinco cuentos. Todos parecen excelentes
ya que está sonriendo. Pocas veces sonríe, pero hoy con mucho orgullo lo hace, hay un presentimiento. Alcanzar algo que
siempre anheló con lo más recóndito del alma sería más que satisfactorio. Su talento innato para escribir no ha sido
reconocido. La informalidad de los
concursos ha hecho que su condición económica pese más sobre su capacidad. Casi
más de quince concursos en los que participó
y ninguno ganó. Siempre quedó en segundo puesto. Sumamente extraño, pero
Mario lo toma con mucha frialdad y le sirve de autoayuda para esforzarse para
el siguiente y así consecutivamente.
Esta
vez será diferente, hoy se ha levantado más optimista que nunca, presiente que
ganará, inclusive ha salido a caminar un poco por las calles de Lince y ha sido
muy cordial con sus vecinos. Está muy feliz. Ahora silba. Ya no es el mismo
Mario. Ese que no salía de casa ni por una calamidad natural. Ya no es ese que
odiaba las chácharas infinitas de sus vecinos, o ese que aborrecía su ciudad
por ser muy desordenada. Después de escribir y
caminar un poco, se ha sentado bajo un gran árbol, ha sacado un
cigarrillo y se ha puesto a fumar. Este
árbol lo engríe como madre. La sombra que proyecta el árbol hace parecer que
tuviera brazos finísimos. Lo abraza. Se siente niño, se encariña y la piel se
le crispa. El clima es apropiado. Se
acurruca en el pasto y aspira dos bocanadas antes de quedarse dormido y soñar nuevamente
con la madre que nunca conoció, soñar con que algún día la pueda ver.
La
espera se hace impaciente. Faltan no menos de tres horas para que empiece la
ceremonia en Miraflores y Jaime ya está listo. Tiene puesto un traje negro combinado
con un chaleco a rayas en tono carbón, zapatos de charol excesivamente
brillantes, reloj suizo en la muñeca izquierda, pañoleta de seda en el bolsillo
y peinado lamida de vaca con suficiente gel de aloe vera. No obstante Mario se
acaba de levantar de la siestecita. Esta hecho un desastre. Dormir con un
cigarrillo prendido le ha dejado una mancha negra en la mano. No es imposible
quedarse dormido con un cigarrillo, porque cuando Mario quiere soñar con su
madre, lo que pasa antes de cerrar sus ojos, es lo que menos le interesa, es
todo un ritual. A fin de cuentas se ha
apresurado porque se ha dado cuenta de que sólo faltan dos horas y algo más, y
como en todos los concursos, se ha ido a alquilar su terno a la sastrería de don
Miguel. Mario llega y grita apresuradamente: señor Miguel, por favor, el de siempre. Inmediatamente el señor Miguel
corre al almacén. Lo conoce hace mucho y sabe cuando Mario está con prisa y
cuando no. Así que busca con mucha concentración hasta que lo encuentra.
Finalmente le entrega su terno y Mario agradece: gracias don Miguel, nos arreglamos la cuentita más tarde. Él
responde con acento norteño: bueno
muchacho, no hay problema, mucha suerte en esta noche y que la cruz de Motupe
te conceda tu deseo. Mario sonríe y sale aceleradamente. Trata de dar pasos
más largos para llegar a casa lo más pronto posible y acicalarse para recibir
el premio que tanto anhela, el premio que siempre mereció y que nunca se lo
concedieron. Casi son las seis de la tarde y ya el centro de convenciones está
repleto de gente. Hay más de tres mil muchachos entre trece y dieciocho años,
hombres y mujeres de distintas partes del Perú. Algunos conversan, otros pican
bocaditos de la mesa y otros fuman en las afueras. Jaime ha llegado con mamá.
La angustia y el nerviosismo se han apoderado de él desde que ha bajado del
taxi, por eso ha pedido ir al baño lo más pronto posible. Resulta que no es el único nervioso, pues hay una
tremenda fila en el baño de hombres, lo cual es insólito. Jaime espera
pacientemente en la fila mientras trata de entablar una amistad con un muchacho
de al lado que se presenta espontáneo…Mi
nombre es Mario hurtado, soy de Chiclayo y tengo diecisiete años. Hace mucho que
participo en concursos de narrativa, pero nunca he ganado alguno. Supe que este
evento era importante ya que se presenta todo el Perú, cosa que me fascina,
pues más alta sea la valla, me esforzare más y más. Me encanta personajes como Flaubert,
Maupasssant y Bryce, sus poderes creativos son simplemente únicos y maravillosos.
Asimismo odio a Baily, no sé cómo han podido endiosarlo. No se merece el reconocimiento
de un verdadero escritor peruano. Creo que Vargas llosa estaría contento si se
enfermara de sida muy pronto, por el bien de la literatura digo….El rostro
de Jaime es de excitación. Se ha quedado pasmado de tantos parecidos. No se ha
callado y ha respondido con ímpetu: tenemos
tantos parecidos en común, a mí también me encanta Bryce, ah, lo olvidaba, mi
nombre es Jaime, si, así como el escritor de pacotilla, no es que odie a mi
mamá, pero a veces se lo saco en cara y así me salgo con la mía. Desde los doce
años escribo y hace un año participo en concursos. La conversación fue tan
profunda que las ganas de expulsar orina por sus uretras se esfumó, y lo único
que hizo que terminaran de charlar fue el llamado del maestro de ceremonia. Jaime
había encontrado un buen amigo, Mario había hecho un buen amigo. En el salón
central Mario y Jaime se sientan juntos. Empiezan a hablar en voz baja de juegos, comidas, poesía, sueños, chicas y
sexo. Mientras el presentador inicia el empalagoso sermón, Jaime pregunta: ¿con quién has venido? Mario con dificultad y mucha molestia
responde: vine solo porque mamá está
trabajando y papá se encuentra de viaje, ¿y tú? Jaime responde: yo vine con mamá y esta allá atrás, ¡mira,
esta alzando la mano!. El presentador sigue parloteando sin control y el
ambiente sigue igual de frio. Mario se estremece. Su corazón ha empezado a
acelerarse a más de mil por hora y la garganta se le ha estrechado. Acaba de
sentir una vibración por todo su cuerpo al ver a la mamá de Jaime alzando la
mano. Los recuerdos atraviesan su mente, el pasado vuelve a florecer y a
renacer y por fin puede ver el rostro de su madre. Indudablemente es ella, sí,
es más que seguro. Su mente ha recordado todo. La jubilosa infancia y luego el
abandono y el dolor, sus abrazos, su respiración. Esta dispuesto a hacer lo que
sea por tenerla. Se levanta e inmediatamente sale en medio de un mar de
miradas, especialmente la de Jaime que ahora lo mira con asombro. Corre sin oír,
ya que el presentador esta gritando a través del altoparlante y él no hace
caso; y seguro que no hará caso hasta lograr tener a su madre nuevamente entre
sus brazos. Ahora están cara a cara. La mira profundamente, la examina de pies
a cabeza, y con un gran salto Mario se lanza sobre ella. La abraza y le dice
entre sollozos de un niño: ¿dónde
estabas?, ¿Porqué te fuiste? ¿Sabes? Me haces mucha falta, no te vayas nunca
más.
Es
una típica escena de película. Es más, empiezan a escucharse lloriqueos en
medio del público. Sin embargo, con esa pureza y candidez que solo tienen las
madres, ella responde: me encantaría ser
tu madre, pero lamento decirte que te has equivocado jovencito. Lo siento mucho.
Inmediatamente el hechizo por el cual
estaba embrujado Mario, se ha deshecho. Ahora sí que la observa fijamente y se
da cuenta de su error. Mirando al suelo lleno de vergüenza sale del salón, para
irse quién sabe a dónde.
A menudo Mario realiza estas bochornosas
escenas creyendo que por fin ha encontrado a su madre. Pero, lo único que
encuentra son problemas y aprietos con su entorno. Son los sueños que lo
incentivan a desenvolverse de esta manera. Siempre sueña con una diferente. Una
rubia, luego china y otra morena. Vive encerrado en este mundo tan iluso e
inocente que a pesar de que le sirve de fuente de inspiración para escribir, no
lo deja vivir, y lo tiene aprisionado.
Finalmente
el ganador del concurso ha sido Jaime, con el cuento “Vivirás Mañana”. Se le ha
acreditado medio millón de soles y una mediana biblioteca con libros de las
mejores editoriales. Sin embargo, el premio parece no importarle, porque se ha
puesto a trabajar en su próximo cuento que será publicado en un diario muy
comercial de Lima. Está muy enfocado así que no sale de casa hace dos semanas.
Mientras escribe piensa en Mario, piensa en que ahora está viajando por las
rutas escabrosas del Perú. Piensa en que acaba de llegar al terrapuerto de
Chiclayo y baja contento del bus porque hay alguien que lo espera. Piensa en
que es su madre. Piensa en que ahora la mira profundamente, la examina de pies
a cabeza y con un gran salto se lanza sobre ella, la abraza y le dice entre
sollozos de un niño: ¿dónde estabas? ¿Por qué te fuiste? Me haces mucha falta,
no te vayas nunca más. A lo que ella le responde: nunca me iré mi hijo. Lo
prometo. Nunca me iré.