Derrotado en su sofá espera por
una llamada. Aún oye las excusas, quejas, insultos, gritos que desaparecen con
la indiferencia o la frustración, quién sabe. Aún observa los llantos de infortunio
de algunos, no de todos, él sabe cuáles sufren, se siente a través de esa caja
boba. Parece que nunca acabarán los comentaristas de mostrarse tan mermeleros.
Al costado el viejo padre que se levanta, huyendo así de las inoportunas
preguntas del pequeño. La desilusión lo conmueve. El pequeñito lo persigue
porque sabe que el anciano padre soporta pesadas lágrimas, que no lo puede
hacer frente a él. Le dice que ya pasó y que meterá un gol en su colegio para
él. El hijo mayor sigue sentado frente al televisor esperando esa llamada. Todavía
siguen hablando los protagonistas. El dueño del show ha escapado entre
guardias. Puta la hora en que se nos cruzó piensa el ingenuo muchacho. En el fútbol
no existe la justicia escucha decir al comentarista. Sonríe por fin. El pequeñito
baja y le dice que apague la TV que es tardísimo. Recuerda sentado, que cuando
era tan pequeño como su él jugaba muchas horas, corría como un loco detrás del
balón. Amaba el fútbol pues en la canchita de su barrio este deporte le
transmitía comunión. Siempre al terminar las pichanguitas todos volvían a ser
amigos. Que cuando jugaba en ese cemento agrietado encontraba justicia. El equipo
que se esforzaba más ganaba; siempre. Que había amor porque a nadie se le
ocurrió nunca hacer daño al otro. Incluso al que le faltaba dinero para comprar
una bebida, había alguien para decirte: toma, te invito; así no lo conozca. El
bullicio repentino del televisor lo ha desconcentrado violentamente. Parece que
muchos hinchas han entrado a la cancha a reclamar justicia, esa que tuvieron
también en sus pichanguitas. No es el único piensa. La llamada no se hace
presente. La violencia engendra violencia y por más que sea justificada nunca
es buena. Continuamente ha repudiado esta. Nunca la ha justificado y por el
contrario la ha denunciado, pero hoy, que ha perdido un mundial, quiere sacarles
la mierda al árbitro y toda su terna. Quiere agarrarlos uno por uno y sin
buscar algo concreto (porque ya el muerto está enterrado) verlos sufrir,
sangrar, llorar de dolor. Agarra el control remoto con mucha rabia y está dispuesto
a lanzárselo al árbitro. Está allí en la pantalla brindando declaraciones para varias
cadenas chupamedias: “Todos somos humanos”, repite y repite el abrumado juez. De
pronto su hermanito le implora que no lo haga, que no se moleste tanto que él
va a meter un gol por su papápa y por él. Afuera ha empezado a llover. Las
calles vacías y el sonido de las gotas pesadísimas que se escuchan como ecos en
las paredes. Ya es muy tarde para recibir la llamada. La llamada de Dios que le
diga que todo ha sido un sueño y que Perú todavía puede estar en un Mundial.