jueves, 21 de noviembre de 2013

El parque donde aprendí


Salí a dar una vuelta. Estaba aburrido de escribir una crónica para la universidad. Recuerdo que lo primero que tomé fue mi celular, luego, volví por el encendedor y la cajetilla. El parque a menos de tres minutos de mi casa se veía vacío. Cada que me acercaba me entraba una pena al saber que ya nadie lo frecuentaba. Al llegar me senté en el grisáceo de cemento. Allí me puse a sentir, observar alrededor. Para mi suerte, justo al frente se acercaban dos chicos tratando de tocarse, gritaban: ya te chape, ya perdiste.  El niño se veía muy entusiasmado, la niña jadeaba. Ella se aburrió y le dijo: hay que jugar en la casa. Estaban sudando y tenían las manos manchadas. De pronto, un grito los hizo correr. Su madre a lo lejos los llamó, eran hermanos. Las palomas junto a las hojas secas, en grupo, picoteaban el grass, a la suerte de encontrar uno que otro bocadillo. Las palomas son uno de los pocos seres vivos que mantienen la tradición, ellas, aún visitan el lugar. Pasaba el tiempo y pensaba en el ayer. Pensaba en los grandes momentos que tuve en este parque. A solas, en pareja, con lluvia, con sol. Cuando de niño salía con mis amigos a corretear o a joder amiguitas. El parque siempre ha sido un lugar de entretenimiento; ese contacto con la naturaleza, esa sensación de libertad que transmite cuando corres y parece que vuelas porque nadie te detiene, hasta que alguien te toca el hombro y te dice: ¡chapado! Indudablemente siempre ha estado relacionado con la diversión sana.  Al terminar los deberes en casa pedías permiso para ir al parque, tu madre accedía sonriente. Allí, se reunían niños y niñas. Adultos, jóvenes y ancianos. Los primeros jugaban, los otros hablaban de “cosas de adultos” (incluido los jóvenes). Asimismo las madres de familia iban a mecer al bebé y las solteronas a chismear. Recuerdo también que en la pubertad, llegamos a tocar música. Cada uno acudía con su guitarra de madera y juntos nos creíamos la mejor banda. Pasábamos horas tocando canciones rock, baladas, etc. Y no faltaba la típica declaración de amor. Al menos yo, fui parte de una serenata que acabó como en los cuentos de hadas. Allí en el parque, cerca a mi casa, mi amigo se le declaró a una chica, el mocoso nos hizo tocar una de “Sin Bandera”. Prometió pagarnos pero nunca cumplió. Al final olvidamos el pago, olvidamos la banda, y él la olvidó. Lástima.
En cualquier lugar del mundo los parques representan amistad. Es más fácil conocer a alguien en un parque que dentro de una combi en un tráfico de la patada. Quizás sea esa frescura que emana de las plantas y los árboles la que permite desnudarnos frente a alguien, ser nosotros mismos. Pero, sin ser fatalista, este ambiente ahora está en desuso. Las declaraciones de amor ahora son más heterodoxas. Ahora el lugar no importa. Es como el fondo y la forma, lo último no vale nada. Cabe decir que llevar a una chica al parque no es de misios. Todo lo contrario, es gratificante; sin embargo, parece que nadie se da cuenta que hay más posibilidad de oxigenar los pulmones en un lugar misio que un lugar pomposo. La primera vez siempre es soñada me dijo mi abuelo. Más aún cuando tienes ganas de hacerlo recalcó. Junto al viejo roble poco a poco te le acercas. Le propones muchas cosas, eres sincero contigo mismo. Le bajas la luna así sea de día. Ella marca su territorio pero tú insistes porque la amas. Sus suaves manos rozan tus piernas y te derrites por dentro. Cierras tus ojos mientras la tomas del cuello con delicadeza. Lentamente te acercas para sellar el compromiso, la victoria, el cielo. El viejo roble deja caer sus hojas como en otoño y tú, abajo, agradeces de presenciarlo.
Después pasean abrazados mirando a los niños corretear, respirando tranquilidad. Juntos vuelven al viejo roble. Allí se besan profundamente. Luego, escriben sus nombres para la eternidad.

Ese día que salí a dar una vuelta, me percaté que los nombres seguían. Algo borrosos pero al fin y al cabo estaban. Ahora que recuerdo, desde ese día no vuelvo a venir por aquí. La tradición se fue acabando por el tiempo, así de simple. De alguna manera el parque fue parte de una etapa en mi vida. Esas etapas que nunca en tu vida se vuelven a repetir. Finalmente, me dispuse a borrar completamente los nombres del árbol. Sin pena ni gloria. No merecen estar allí. No merecen ocupar un lugar. Un lugar que puede pertenecer a otra pareja de adolescentes, adolescentes que hablan con el corazón. El parque ahora les pertenece señores.