Ver pasar el tren todos los fines de semana es mi delirio.
Siento que viajo también y que disfruto del paisaje que por la ventana se asoma
esplendoroso. Siento el aire que choca con fuerza contra mi rostro. Presiento
el movimiento brusco que hace de vez en cuando. Incluso puedo oler el ambiente
que se respira dentro y hablar de la vida con los viajeros. Todo lo puedo hacer
sentado desde aquí en la banca de la estación. No necesito subirme para
disfrutar. No creo pecar de demente pero aquí en esta banquita, ya maltrecha por los
años, me siento mejor. Siento más seguridad y más placer. Roxana también
hace lo mismo. Hace un mes y medio que se sienta en la misma banca todos los
fines de semana. Pero ella silba; y muy bonito. Luego golpea con su bastón y
trata de coger ritmo con su silbido. A veces en mi amargura del día, le digo
que no haga mucha bulla que estoy viajando y que no quiero que me interrumpan.
Ella me responde siempre con tono sarcástico: !Anda toma otro tren entonces¡.
Siempre me quedo callado porque sé que es una dama de muy de armas tomar.
Siempre se sale con la suya, incluso ya no escucho su silbido de tanto oírlo,
se ha vuelto parte del medio ambiente me dice. Recuerdo claramente cuando vino
por primera vez a este lugar y me preguntó a qué hora pasaba el próximo tren.
Yo le dije que siempre hay un tren para todos, a cualquier hora, y cuando lo
desees más, viene a ti. No me sorprendió que terminara por decirme viejo y loco.
Al día siguiente vino acompañada. Hablaban dos muchachitas con voces finísimas
a mis espaldas. Oí que le decían a Roxana que se siente que ellas las iban a
guiar. Apenas se sentó arremetió contra mí: ¿Desde qué hora estás aquí sentado
abuelo? No tuve ni la menor idea de cómo pudo reconocerme. Yo estaba con boina y
gafas oscuras. Los fines de semana viajo en tren, así que acostúmbrate a mi
presencia jovenzuela le dije tímidamente. Recuerdo que hablamos a distancia,
más o menos unos quince minutos, de extremo a extremo, hasta que su tren llegó
y se la llevó. Por suerte las personas que venían con ella no interrumpieron la
conversación, y realmente confieso que me hubiera gustado observar que es lo
que hacían mientras Roxana y yo nos conocíamos más. Así pues solo pasó una
semana para que Roxana se dé cuenta que nosotros no necesitamos pagar para
viajar en un tren. Logró desarrollar su imaginación en menos de lo que canta un
gallo. Lo hizo como un chasquido y en serio que estos muchachos aprenden rápido. Roxana
recibió con agrado el hecho de que podamos volar o nadar sin necesidad de
tener un avión o estar sobre el mar respectivamente. Se emocionó también cuando
le dije que podemos construir mundos fantásticos, reales o híbridos. Se puso
engreída y me abrazó con fuerza (recordé a mi nieta).Después de que se
acostumbró a viajar en su propio tren me pidió permiso para invitar a sus
amigos invidentes. Yo le dije que mientras haya amor sobreviviremos. Y mejor
aún cuando soñemos. Hasta ahora nadie nos baja del tren.
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