martes, 18 de junio de 2013

Final caja negra

De la nada una ola de suicidios incrementó en la ciudad de lima. Nadie sabía el porqué, o todos callaban como integrados en una alianza secreta. Gustavo se disponía a prender la televisión un sábado, ya libre de quehaceres hogareños, hasta que de pronto doña Martha, su madre, lo tomó por el brazo y le gritó desde el alma que estaba prohibido desde hoy prender el aparato, incluso lo amenazó con vender éste si desobedecía. Gustavo se quedó congelado, se preguntó que hizo para tal castigo, se interrogó duramente bloqueándose en esa por cierto, helada mañana. ¿Qué pasa ma, solo quiere ver el futbol inglés? le dijo el ingenuo jovenzuelo. Ella respondió: te he dicho que no porque tu papá así lo ha decidido. Y tú bien sabes que tu papá es más estricto que yo, así que te conviene hacerme caso. Gustavo algo enojado: Discúlpame ma, pero tengo 17 años, ¿no crees que soy lo suficiente maduro como para que me prohíbas ver televisión?, o sea, esa tonta caja vacía, ese inconmensurable y burdo aparato ¿crees que me está haciendo daño? ¡Por favor! Otra vez ella segura y un poco más ferviente: ¡He dicho que no y se acabó, es por tu bien! Gustavo muy enojado se dirigió a su cuarto y se encerró toda la mañana, hasta que el sol de oculte decidió. A las tres de la tarde bajó a almorzar. La mesa fue un castigo para ambos. No se hablaban ni miraban. Trataban de minimizar el ruido que hacían al masticar. Eran unos desconocidos; madre e hijo luchando por quien tiene el mayor ego, por quien pide primero las disculpas buscando ambos someter al sometido, o al menos salirse con la suya. Finalmente Gustavo acabó y sin decir gracias se paró de la mesa y volvió a su guarida. Solito entre cuatro paredes se angustió, no podía creer que en su virgen adolescencia estaba pasando por una situación tan embarazosa. Pensó: Todos mis amigos ven televisión, ¿qué de malo hay en mi casa para no hacerlo?...lo que me revienta es que de la noche a la mañana me vengan con esta cojudez, finalmente se sulfuró. El miedo, el enojo, la angustia, la curiosidad y demás sentimientos se entremezclaron en Gustavo, así que, con el dolor del corazón, mas no del alma, se decidió prender la tv a escondidas. Al día siguiente se levantó muy temprano y se preparó un buen desayuno. Su padre roncaba, y al lado, su madre en pijamas, dormía acurrucada. Al terminar de comer, ordenó delicadamente la mesa para no despertar a sus progenitores que dormían en un verdadero lecho. Posteriormente se paró frente a la caja hueca y sintió pavor como nunca, una suerte de escalofríos le recorrió el cuerpo, como si tuviera a alguien atrás soplándole la nuca pensó.  Se arrepintió al principio pero su yo pudo más. Con el mayor cuidado prendió la televisión. El brillo que emitía era grato, refrescante para Gustavo. Mientras aparecía la imagen iba bajando el volumen para evitar el ruido que no era apropiado en estas circunstancias, “mute” era la primera opción. Se sentó en el sofá y como si hubiera pasado miles de años lejos de la pantalla sonrió de satisfacción. Se olvidó de que arriba dormían sus padres, se olvidó de que no había lavado los platos, se olvidó de lo que le dijo su madre por orden de su padre era religión. Partió al tercer piso, el volumen estaba a cien, sus padres despertaron asustados. Gustavo estaba al borde de tirarse, se escuchó el grito de su madre suplicándole que no lo haga, su padre estaba resignado, Gustavo voló y se empotró de cabeza contra el cemento. La tele se le apagó para siempre.

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