De la nada una ola de suicidios
incrementó en la ciudad de lima. Nadie sabía el porqué, o todos callaban como
integrados en una alianza secreta. Gustavo se disponía a prender la televisión
un sábado, ya libre de quehaceres hogareños, hasta que de pronto doña Martha,
su madre, lo tomó por el brazo y le gritó desde el alma que estaba prohibido
desde hoy prender el aparato, incluso lo amenazó con vender éste si desobedecía.
Gustavo se quedó congelado, se preguntó que hizo para tal castigo, se interrogó
duramente bloqueándose en esa por cierto, helada mañana. ¿Qué pasa ma, solo
quiere ver el futbol inglés? le dijo el ingenuo jovenzuelo. Ella respondió: te
he dicho que no porque tu papá así lo ha decidido. Y tú bien sabes que tu papá
es más estricto que yo, así que te conviene hacerme caso. Gustavo algo enojado:
Discúlpame ma, pero tengo 17 años, ¿no crees que soy lo suficiente maduro como
para que me prohíbas ver televisión?, o sea, esa tonta caja vacía, ese inconmensurable
y burdo aparato ¿crees que me está haciendo daño? ¡Por favor! Otra vez ella
segura y un poco más ferviente: ¡He dicho que no y se acabó, es por tu bien!
Gustavo muy enojado se dirigió a su cuarto y se encerró toda la mañana, hasta
que el sol de oculte decidió. A las tres de la tarde bajó a almorzar. La mesa
fue un castigo para ambos. No se hablaban ni miraban. Trataban de minimizar el
ruido que hacían al masticar. Eran unos desconocidos; madre e hijo luchando por
quien tiene el mayor ego, por quien pide primero las disculpas buscando ambos
someter al sometido, o al menos salirse con la suya. Finalmente Gustavo acabó y
sin decir gracias se paró de la mesa y volvió a su guarida. Solito entre cuatro
paredes se angustió, no podía creer que en su virgen adolescencia estaba pasando
por una situación tan embarazosa. Pensó: Todos
mis amigos ven televisión, ¿qué de malo hay en mi casa para no hacerlo?...lo
que me revienta es que de la noche a la mañana me vengan con esta cojudez,
finalmente se sulfuró. El miedo, el enojo, la angustia, la curiosidad y demás
sentimientos se entremezclaron en Gustavo, así que, con el dolor del corazón,
mas no del alma, se decidió prender la tv a escondidas. Al día siguiente se
levantó muy temprano y se preparó un buen desayuno. Su padre roncaba, y al lado,
su madre en pijamas, dormía acurrucada. Al terminar de comer, ordenó delicadamente
la mesa para no despertar a sus progenitores que dormían en un verdadero lecho.
Posteriormente se paró frente a la caja hueca y sintió pavor como nunca, una suerte
de escalofríos le recorrió el cuerpo, como si tuviera a alguien atrás soplándole
la nuca pensó. Se arrepintió al
principio pero su yo pudo más. Con el mayor cuidado prendió la televisión. El
brillo que emitía era grato, refrescante para Gustavo. Mientras aparecía la
imagen iba bajando el volumen para evitar el ruido que no era apropiado en
estas circunstancias, “mute” era la primera opción. Se sentó en el sofá y como
si hubiera pasado miles de años lejos de la pantalla sonrió de satisfacción. Se
olvidó de que arriba dormían sus padres, se olvidó de que no había lavado los platos,
se olvidó de lo que le dijo su madre por orden de su padre era religión. Partió
al tercer piso, el volumen estaba a cien, sus padres despertaron asustados.
Gustavo estaba al borde de tirarse, se escuchó el grito de su madre suplicándole
que no lo haga, su padre estaba resignado, Gustavo voló y se empotró de cabeza
contra el cemento. La tele se le apagó para siempre.
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