Todo se ve brillante. El estadio
está repleto y presenta un ambiente cálido. Me han dateado que afuera se han
quedado más de cinco mil hinchas con la ilusión de ver a la selección jugar.
Realmente me apena pero no puedo seguir así porque en un momento pisaré el
césped. Jugaré el último partido de estas clasificatorias donde se decidirá si
vamos al torneo más importante de fútbol. La responsabilidad cae sobre
nosotros. Incluso me atrevo a decir que yo soy el que tiene que embocarla ya
que he tenido una deuda muy grande con la afición a lo largo de esta etapa, la
cual, a través de estas líneas, les prometo salir airoso y gritarles que
estamos en el mundial. Ya sé que me han dicho que me dedique a jugar y que deje
de escribir antes de los partidos; ha sido inevitable. Es una suerte de
ansiedad y miedo a la vez la que tengo al llegar al camerino, por eso escribo y
escribo hasta escuchar la orden del técnico, que a través del utilero, me hacen
llegar. ¡Sal carajo que van a cantar el himno! me dice Pedrito enojado todas
los partidos. Escribo a veces a conciencia de que puedo dejar la vida en la
cancha, y no estoy siendo metafórico. Soy de los jugadores que van a los
balones divididos con sangre fría y el corazón en la mano. Vivo al límite y
estoy seguro de que mis compañeros también. Vivimos, morimos en la cancha y
algunos resucitamos dependiendo el score. Por eso escribo. Tan solo para seguir
viviendo. Ahora que ya sé que si ganamos no volveremos a jugar hasta el próximo
año, o hasta dentro de cuatro años si perdemos, he querido poner toda la fuerza
interior que tengo por desplegar ahora en un rato en la cancha. Quiero que
alienten todos, que no se callen para nada. Quiero que hagan sentir la presión
sobre el rival. Necesito que coreen mi nombre en cada jugada y que cuando la
mande por encima del arco me aplaudan de pie por el intento. Necesito decirles
también que mis compañeros se ponen nerviosos cuando alguien lanza un improperio
contra un compatriota. Abrácense, quiéranse en las tribunas que en la cancha
nos amamos. Juntos sin darnos cuenta ganaremos. En la cancha y en las tribunas
somos un solo corazón. Tantos tropiezos nos han hecho recapacitar de lo lindo
que es el fútbol, de que debemos entregarnos a este deporte por completo y
dejarnos llevar por el amor a la camiseta. Siento que la ilusión se hará
realidad y después de treinta y cinco años de no haber asistido a un mundial
podremos finalmente disfrutar. Mi hijo, hoy por la mañana, me ha dicho que
ponga todo de mí. Yo le he dicho que siempre hago eso, que siempre pienso en la
victoria y lucho por eso, que él es mi guía, mi esperanza; que es ese último
respiro que necesito para concentrarme y colocar la caprichosa en el ángulo.
Que es la luz que ilumina el caminito cuando me encuentro entre tres fornidos
rivales, que lo sueño jugando al futbol en un cercano futuro, llevando mi
camiseta y recibiendo el cariño de la hinchada. Por tantas cosas que me pasan
por la cabeza ahora mismo, por la película que he vivido en estos tres años, deseo
que hagamos fuerza para salir victoriosos. Si muero en ella recuérdenme como el
jugador que escribía para vivir. El que escribía para saciar su espíritu y para
resucitar tras cada partido. Hoy ganamos amigos. Hoy ganan nuestros
corazones.
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