Recuerdo que eran las once de la
noche de un sábado cualquiera. Mis amigos se habían olvidado de mi existencia y
ya andaban por otros lares, mientras yo, iba cruzando las grises calles de Lima
con un saco negro y un cigarrillo en la mano, lamentándome de haber perdido a mamá
y de no encontrar solución a mis problemas financieros. A medio camino, en la zona más oscura de la
avenida Arequipa, escuché: oye guapo, ¿no quieres cariño? Inmediatamente pensé:
lo que necesito es dinero puta, así que no jodas. Felizmente no le respondí
porque ella andaba medio ebria y la reacción había podido ser atroz y
lamentable para ambos. No hice caso y continué con mi improvisado itinerario
que terminaría fuera de mi casa, quizás más cerca donde estaba mamá. Nuevamente
escuché que me decían eufóricas: Mira que estoy de buen humor; hoy te cobro la
mitad si quieres; hoy hay oferta especial joven. Todas querían captar al más
ingenuo, llevarlo a la cama y cobrar con satisfacción, pero lo que no sabían es
que yo no tenía ni un mísero centavo en el bolsillo. Estaba arruinado. Mamá
decía que las personas se cruzan por que el destino lo ha establecido. Esa
noche, especialmente en esa caminata que hice por la Arequipa sin razón alguna,
encontré una persona especial. Después de haber esquivado a unas quince putas
más o menos, antes de voltear a la esquina, me tropecé con una chica en
minifalda roja y tacones. ¡Fíjate por donde andas imbécil! me gritó. Al
levantar la mirada y ver mi rostro, sus pupilas se dilataron (lo noté por la
luz del poste) se sonrojó y me pidió disculpas. Yo atiné a decir: ¡no!, tienes
razón, yo soy el distraído, lo que pasa es que tengo mil problemas y ando algo
torpe, discúlpeme señorita. Ella arremetió y preguntó por mi nombre. Sus
cabellos rubios y sus ojos verdes me traían esperanza que no sentía hace mucho.
Me puso nervioso su presencia. Luego más calmada me pidió mi teléfono y mi
dirección de correo. Se llamaba Roxana y era una puta muy hermosa. Me entregó
una tarjetita y se despidió prometiéndome llamarme. Esa noche dormí en mi casa
con la ilusión de volver a verla. Con la esperanza de ser rescatado del fango
donde me ahogaba lentamente. Así pues solamente pasó un día para que me
llamara. Hola Juan, ¿Te acuerdas de mí?
me preguntó tímidamente como si estuviera escondida. Por mi parte estaba
segurísimo de quién era. Estuve esperando toda la madrugada por ella y ahora
que la tenía al teléfono estaba más emocionado. Era una puta muy bonita. Si Roxana, claro que sí, confirmé. Crees que puedas darme un alcance al parque
Kennedy, arremetió educadamente. Tengo
que entregar un documento por ahí y después podemos tomar café y conversar en
privado. Ciertamente fue ahí cuando me puse nervioso y se me resbaló el
auricular. No hay problema Roxana, te
llamo cuando esté cerca, le dije mientras colocaba este al oído. Agarré el
último whisky de mi viejo y entre copa y copa retomé en mi mente la
conversación. Antes de salir a darme el encuentro estuve pensando en su
profesión, en quién es y en porqué se ha interesado en mí. Le imploré a mi madre en el cielo que me
bendiga para que me vaya bien. Finalmente salir con una puta no es saludable. Apenas
llegué a Miraflores le timbré al celular. Me contestó apurada y me dijo que la
cita se cancelaría, que quería verme en la noche en su recepción. Al escuchar
recepción le pregunté ingenuamente: ¿en tu casa?, ella me respondió: en la
Arequipa torpe, y se río tímidamente. Sonaba feliz y eso me ponía tranquilo.
Sentía que ambos queríamos vernos. Apenas llegué a la Arequipa ella me mandó un
silbido y la reconocí por sus rubios. Me hizo entrar hasta su cuarto, o mejor
dicho, hacia una suerte de prisión donde lo más rescatable era un cuadro falso
de Piet Mondrian, al lado de los calendarios de automotrices y algunas chicas semi-desnudas.
Hablamos casi toda la noche. Yo estaba sentado en una silla vieja de madera y
ella echada en la cama de catre, tan cansada como si hubiera trabajado toda la
mañana. Al llegar la madrugada cambiamos de posiciones. Ahora yo estaba echado
con el brazo apoyado a la quijada mirándola detenidamente como hablaba y ella
en la silla con un cigarro. Recuerdo que le conté sobre mi mamá; asimismo le
dije entrelineas que necesitaba dinero y por ultimo le pedí por favor que me
confiese que es lo que vio en un chico por el que nadie daba un centavo, que
incluso pensaba en el suicidio. Ella me
dijo que le recordaba a su ex marido. A
parte del físico, cuando me dijiste que andabas distraído y me miraste con tus
entumecidos ojos, recordé inmediatamente al padre de mis hijos. Aprendí
mucho en una noche con una puta. Yo ingenuo creía que sólo sabía de sexo pero
no, quizás ha vivido más que muchas personas que tienen un trabajo “más
honrado”. La vida no siempre va a darte
los gustos o placeres que otros tienen, tienes que aprender a sobre llevarte
solo, planteó. Este trabajo de puta
lo hago por mis hijos. Cada vez que viene un hombre por sexo rezo antes para no
contagiarme de alguna enfermedad, porque mi mayor deseo en esta vida es ver
crecer a mis hijos. La voluntad se genera por algo o alguien. Tienes que buscar
un motivo que te haga vivir. Si te cuesta déjalo pasar y veras que todo saldrá
bien. Nada es eterno, ni siquiera el dolor.
Me despedí de ella medio
sonámbulo porque tenía mucho sueño y ella, intacta. Escuché que se reía de mí
por mi estado de cansancio. Le dije que gracias por todo y que dios la bendiga
por ayudarme con sus palabras. Llegué a mi casa a las seis de la mañana con el
pan en la mano. Tenía quinientos soles y un rosario con la virgen maría en el
bolsillo. La vida había empezado de nuevo.
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