viernes, 19 de abril de 2013

No estás solo



Es lunes y ya empieza la travesía. Hoy te toca ir al instituto muy temprano. Te vistes con las mejores fachas, según tu ojo inquisidor. Te diriges al paradero mientras vas contando en el camino cuanto de dinero te sobró ayer y que por suerte está en tu billetera. No hay mucho pero es lo suficiente como para probar algo nuevo, algo que se te ha venido como una ráfaga a la mente y que se te hace imposible olvidar. Tomas el bus de siempre, ese que te lleva hasta el centro de estudios. Está repleto, ¿la gente suda tan temprano? te preguntas mientras haces gestos con la cara y te tapas la nariz disimuladamente. De repente la señora de verde y sandalias negras se para y te dice: jovencito, aquí siéntese, señalando su asiento. Agradeces con la cabeza y te desparramas sobre el cuero sintético. Mientras viajas observas a mucha gente por la ventana. La mayoría está ocupada: hablan por teléfono, caminan leyendo, incluso se maquillan. Otros corren, gritan a gran distancia, se pelean y lamentablemente también asaltan. El bus frena torpemente y te quita la profunda atención. Maldices mentalmente al conductor y a su familia. Luego de buen rato el cobrador te pregunta dónde vas a bajar. Tú le dices dubitativamente que vas hasta el último paradero, que vas hasta ventanilla. Volteas para mirar quién te acompañará en tu traviesa travesía, pero no hay nadie, eres el único que amaneció con ganas de cambiar su rutina, así lo piensas, así lo escribe el destino vuelves a pensar. Apenas bajas del bus, un fuerte ventarrón te recibe amablemente. Mientras terminas de sacudirte la ropa observas un parque agradable a dos cuadras. Te diriges hacia él lo más calmado posible. En medio de este parque, donde hay una estatua de un héroe que olvidaste su nombre, hay un señor que vende chupetines, chicles, gaseosas y cigarros solapadamente. Pides un par de puchos y compras su encendedor. De regreso hay tres arboles  que llaman tu atención pues se parecen mucho a los que hay cerca a tu casa. Los comparas y te quedas con el de la derecha, le sientes un “feeling”. Te recuestas y empiezas a fumar. Piensas en lo que deberías estar haciendo, en tus clases, con tus amigos, con tu mejor amiga. El silbido de los pájaros es magistral. Te acuerdas de tu hermano que te enseño a silbar como ellos. Cierras los ojos e intentas pero es inútil. Te atoras con el humo  del cigarrillo y de repente escuchas una risotada que viene del árbol de al lado. ¿Sabes fumar? te consulta mostrando su consumido cigarrillo. Es una chica y es muy bonita. Tiene ojos grises, cabello castaño y la piel pálida. Lleva unas converse y un jean apretujado que le realzan las caderas. El hecho de mirarla a los ojos te ha puesto tímido y le respondes esquivando su mirada: si, bastante. Ella quiere sentarse junto a ti y tú accedes. Charlan mucho tiempo. La conversación se vuelve amena y tú ya te sientes en confianza. Tienen muchas cosas en común, especialmente en la música. Pero realmente lo que te sorprende es el hecho de haber encontrado a alguien que haya pensado y realizado lo mismo que tú. Ella también ha faltado a sus clases y ha decidido viajar lo más lejos posible para liberarse. La escena que construyeron se cierra con un beso apasionado, de esos besos que no vuelves a dar dos veces en la vida. Se revuelcan en el pasto intensamente hasta que un guardia los obliga a retirarse. Ha pasado mucho tiempo y ya casi son las cuatro de la tarde. Te despides diciéndole que la amas y ella se sonroja. Te da su teléfono y tú lo anotas con apremio. La ves partir en un bus verde. Tienes una sonrisa exagerada. La felicidad te embarga. Sin buscarlo has conseguido el amor de tu vida. Te das cuenta que no estás solo, que nadie está solo en esta vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario