Eran las diez de la mañana cuando me encontré desnudo sobre
mi cama. No pude recordar con exactitud qué pasó con Natalia después de
amarnos. No había nadie en casa porque llamé a mama y no contestó.
Inmediatamente me acordé de que era domingo y ella salía a visitar a los
abuelos. Decidí bañarme para quitarme el sudor de Natalia impregnado sobre mi
piel, y especialmente, lavarme los oídos para que de alguna forma sus gemidos
los pueda olvidar (ingenuo). Me moría de ganas de llamarla y preguntarle que
paso después y cómo llegue a mi cama. Hice el esfuerzo de recordar nuevamente
pero solo me traía jaqueca; así que me llené de valor para llamarla. Timbraba
muchas veces pero no respondía. ¿Acaso Roberto le ha prohibido hablarme? ¿Acaso
no fui lo suficiente varón sobre la cama? Rápidamente busque entre los cajones
el número de su celular antiguo. Hola ¿quién habla?, ella preguntó calmada.
Intente articular la respuesta pero me era imposible. Mi mente se blanqueó por
completo y solo reaccioné a colgar. Finalmente el que tenía vergüenza era yo.
Me pasé toda la tarde pensando en si estaría pensando en mí, en cómo habría
terminado esa noche, en cuanto habría disfrutado. No podía quedarme tranquilo
dejando que dios me revele mediante un mensaje las respuestas, así que fui a su
casa. Dos cuadras a pie me bastaron para llegar a su morada. Toque la puerta
con ahínco y salió su mamá, “la curandera”. Hola hijo ¿en qué te puedo servir?,
me recibió amablemente y también muy sexy ya que llevaba una falda apretada,
tacones y un escote pronunciado. Señora ¿se encontrará Natalia?, pregunté
tímidamente. Me miró fijo y disparó: ¡Ah! seguro tu eres el nuevo noviecito que
tiene ¡Ay por dios! ¡Pero si eres todo un galán!, y eso que a mi hija no le
gustan los bajitos, pero como dice la gente, en frasco pequeño esta la buena
esencia, ahora la llamo, pasa y siéntate cómodo amor. Ni siquiera me dio tiempo
de interrumpir. Tenía una la lengua muy suelta y melosa; realmente empecé a
creer el porqué de su apodo. Sentado en
el sofá y preparado para lo que se venga, recordé a Natalia curando mis heridas.
La dedicación y esmero que ella tuvo para conmigo ese día me reconfortaba para
darle esta vez una última oportunidad. En efecto, si ella tuvo sexo conmigo
significa que no quiere a Roberto, por ende lo dejaría, y estando sola yo daría
el primer paso para ser enamorados. Según yo todo iría bien. No era lo más
pendejo que había pensado pero los hechos me demostraban y confirmaban que ella
sentía algo por mí, y yo, poco a poco me iba enamorando de ella. En eso baja
Natalia con un vestido celeste lleno de florecitas que la hacía más atractiva
que nunca, y atrás, su madre, que por cierto tenía un semblante muy diferente
al que tenía antes de recibirme en la puerta. ¿Qué quieres ahora?, preguntó
firmemente ella. Pensé que quería hacerse la valiente frente a su mama pero
estaba en el camino incorrecto. De repente la señora vino hacia mí bruscamente y
me lanzó una cachetada, luego disparó: Así que quieres aprovecharte de mi hija
¿no?, ¡Vulgar! sentenció. Prosiguió con la agresión: Con tu cara de inocentón a
mi no me vas a engañar, Natalia es muy decente y yo sé cómo se comporta. ¡Si te
la vas a andar de gilerito, anda búscate una puta, pero con mi hija no te
metas! ¿Qué pasa?..... ¿Qué mierda pasa?
, me preguntaba constantemente y como un soldadito soportaba el denigro. Mientras
me desvalijaban el orgullo de hombre y me mataban la poca autoestima que tenia,
sin saber el porqué, pensaba en lo que había dicho la vieja gritona (que ya no
era sexy) al comienzo del bombardeo. Punto uno; si quería una puta, la correcta
podía ser ella, “la curandera”, alguien que por supuesto podía satisfacerme en
cualquier momento, además, vivía cerca a mi casa y no había problema en
trasladarme hacia ella para prestar sus servicios (ironía). Punto dos; si su
hija, o sea Natalia, es decente y de
hogar... ¿Por qué mierda me llevo a rastras ayer por la noche a tener sexo? ¿Acaso
usted le inculca eso? ¿Acaso usted le enseña a tener sexo estando comprometida?
Quería decir todo lo que pensaba, quería defenderme a toda costa pero una
barrera me hacía imposible, no estaba preparado para esto o quizás, no había
nacido para esto. Timidez o problema psicopatológico estaban ahí presente. Seguían
los insultos a viva voz y yo estaba rojísimo al borde de orinarme. No sé que tenía
en la cabeza esa señora y tampoco podía comprender porque Natalia al fondo se reía
de mi desgracia. Todo era borroso y no sabía que responder. Le di la espalda y
emprendí hacia mi casa. Quería dormir. Quería agarrar mi almohada más fresca y
acurrucarme con mis sabanas de seda. Quería soñar con Scarlett
Johansson y hablar de la vida. Quería llorar sin que me hagan daño y reír sin que
me cuenten un chiste. Todo había sucedido sin ser planeado. Llegué a casa y
todavía no llegaba mamá. Encendí el televisor, me lavé el rostro y luego lo
apagué. Tropecé con dos escalones y cuando abrí la puerta de mi cuarto me pegué
en la frente. Agarré “tus zonas erróneas” del dr. Wayne Dyer y me puse a leer.
Completé el tercer capítulo. Ahí me
quedé dormido.
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