Luego de hablar con mi primo y pedirle que me aconseje
acerca de lo que acontecía en mi vida, nos fuimos a tomar un par de cervezas a
la bodega de don Camilo. El nos hacia la “pateria” y nos vendía a pesar de ser
menores de edad, pero eso sí, cada botella costaba el doble. Recuerdo que
empezamos desde las tres de la tarde. Fuimos a la guarida y a la brevedad nos
emborrachamos. Llegué a mi casa a escondidas de mamá, para suerte mía ella no
estaba y yo tenía mi llave personal. Me di un duchazo y me eché a dormir
instantáneamente. De repente mi celular sonó y me enteré de que tenía una
fiesta: era el cumpleaños de Roberto. Lo había olvidado. Todos los problemas
(sin merecerlo) me tenían abrumado e hicieron que olvide que ese día era el onomástico
de uno de mis mejores amigos, Roberto “el orejitas”. Llamé de inmediato a
Andrés y no me escuchó claramente lo que le decía por el bullicio de la fiesta.
Antes de cortar la llamada logré entender: ¡apúrate que ya llego Natalia! Fue
en ese momento que se me cayó el teléfono al suelo y me puse a pensar en que
rayos estaba haciendo Natalia en la fiesta del “orejas”. Todos la olvidaríamos,
esa era la promesa. Incluso Roberto fue quien se mostró más decisivo con la
idea. Trate de olvidar lo sucedido y decidí ir lo mas apresurado al festejo. Había
gente del colegio y del barrio. Percibía un buen ambiente, pues el lugar estaba
decorado con muchas luces psicodélicas y lo mejor de todo es que no había
ningún adulto, ni siquiera los familiares de Roberto. No sé como hizo para
tener la casa a su disposición a sus diecisiete años. De alguna forma sabía
llevar los pantalones en su casa. Traté de buscarlo para darle un fuerte abrazo
y disculparme por no haberlo llamado temprano, pero no lo encontré. La casa era
un burdel de mil demonios. Ni siquiera se podía caminar o hablar a cierta
distancia. Poses extravagantes, casi sexuales, llamaban mi atención.
Particularmente me quede hipnotizado con una pareja de entre quince y
diecisiete años, que de estar solos, llegaban al clímax. Luego de ruborizarme
con ese par de adolescentes me acerqué a la mesa a probar algo de la comilona
pero no encontré más que un par de tequeños y una brocheta de pollo; ni
siquiera había trago cerca. Un chico que estaba a mi costado me ofreció beber
de su lata pero yo me negué rotundamente porque mi idiosincrasia no me lo
permite. Entre la charla se acercó Roberto, y no venia solo; traía agarrado
fuertemente de la mano a Natalia, que por cierto estaba bellísima; vestido azul
y tacones la hacían lucir como la reina de la fiesta. El saludo que me hizo fue
tan falso e irónico que la belleza exterior, para mí, se consumió en instantes.
Entonces me defendí y pregunté antes de que atacaran: ¿son enamorados? El
“orejas” respondió con frescura: ¡sí!, ¿acaso no parece? Nada podía andar peor.
Roberto de la noche a la mañana había cambiado. El daño que me causó Natalia no
le afectó para nada, asimismo faltó al código de amigos y no me aviso nada con
anterioridad. Quise felicitarlos por su compromiso pero la llamada de Andrés me
salvó de caer en la hipocresía; tuve que salir para encontrármelo. Libres de
humo y luces chisporroteantes Andrés me comentó que ellos se habían hecho enamorados
hace media hora en la fiesta, y que el “orejas” fue personalmente a invitarla.
Se me venía a la mente de que solo era un vacilón y que no duraría hasta que el
reloj marque las doce, pero el problema no era ese, sino estaba en mi persona,
pues, no sabía que actitudes tomar frente a esta embarazosa situación. Me
encontraba bloqueado, no sabía qué hacer. Necesitaba la ayuda de alguien con
experiencia en temas amorosos y huachafosos; sin embargo, esa persona no había
asistido, esa persona se encontraba en cama tratando de recuperarse de las
heridas que le cause la vez pasada cuando nos peleamos. Le jure a Andrés que
nos divertiríamos y nada ni nadie iba a arruinarnos la noche. Entramos hechos
unos felinos en busca de carne fresca. Bebimos y bailamos como nunca. Resulta
que pude finalmente olvidar, en primer lugar, que había perdido a un gran amigo,
y en segundo, que Natalia estaba presente mirándome fijamente entre beso y caricia
que otorgaba Roberto. No era el alma de la fiesta, pero aprendí a divertirme
esa noche. Ya casi eran las doce y la gente se iba retirando; yo me quede
charlando con Andrés. Hola me dijo Natalia apareciéndose a mis espaldas y mostrándose
risueña. En ese momento deseaba que Andrés volviera del baño y me salve de la
zozobra. Deseaba que desaparezca de mi vista y que nunca más me hable. Hola replique
con desazón y recordé: “lo cortés no quita lo valiente” Ella me miró fijamente
a los ojos por un momento y de inmediato me llevó del brazo rumbo al segundo
piso. ¿¡ey! que haces Natalia? Pregunté alterado con tono bravucón. No digas
nada y sígueme, sentenció. El camino se me hacia eterno a pesar de estar a unos
cuantos pasos. Por un lado me estremecía de miedo el hecho de andar con
Natalia. Roberto tenía amigos más grandes y más capacitados como para agarrarme
a puntapiés sin ningún escrúpulo. Por otro, sentía mucha curiosidad por lo que
iría a hacer. La adrenalina aumentó cuando llegamos al cuarto más pequeño y ella
cerró la puerta con tosquedad. Repitió el mismo discurso de siempre; que el
amor, que no te puedo olvidar, que eres mío y será así para siempre, entonces
corté su cháchara: ¿Estas ebria?... ¡Para nada! solo he tomado un par de vasos…
respondió con cautela y me acercó a la fuerza para detectar si olía realmente a
trago. El cuarto estaba a oscuras y el ruido de afuera golpeaba contra la
puerta. Las hormonas hervían y en la cama, como un amén, se resolvió las dudas.
Me besó y me agarró fuerte de la cintura. Se quitó el vestido y el sexo se hizo
carne. En ese momento no quería saber nada de mis amigos, no me importaron las
promesas, los recuerdos y toda clase de sentimentalismo. Era un inconsciente
encima de ella. La veía disfrutar y eso me hacía feliz. No había una fiesta tan
fantástica como esa, especialmente la que vivíamos sobre la cama…
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