jueves, 8 de enero de 2015

Entrevista a Vallejo


Recurrí a mi primer jefe de prácticas para que me ayudara a redactar las preguntas. Necesitaba de él pues era su principal opositor. Lo odiaba a tal punto que cuando iba al baño llevaba su imagen para perder todas las ganas del mundo. Al tocarle la puerta de su oficina me recibió muy amable, sin el tono irónico que solía tener en el pregrado. Buenos días hijo, me dijo al verme después de un larguísimo tiempo. Sin abrazos dramáticos me metí como un roedor en su sala de biblioteca para deslumbrarme nuevamente con su invaluable colección, luego me tomó del brazo y me dijo por aquí por favor, señalándome su escritorio. Sin apuros saqué mi cuadernillo y le comenté sobre mi personaje a entrevistar. Mientras hablaba lo notaba huidizo, desmemoriado, como si no estuviera presente, me inquietaba verlo así a tal punto que me obligaba a sacar la foto del gran César, para que al menos se tomará el tiempo de putearme nuevamente, como antes. Señor, puede ir al punto, habló por fin el vejete.

Le dije que Vallejo siempre ha sido uno de mis poetas preferidos. Con frecuencia lo leía en la universidad, cada noche, un poema, al menos una estrofa, era religión. Como no recordar las salas de redacción y el librejo de bolsillo al lado del café pasado. Como se podría olvidar la colección de Poesía completa que me obsequió mi primer profesor de Lengua. Gustoso lo miraba a través de cada soneto, tras cada imperfección lingüística, gramatical, sintáctica, que a la postre, se volvía perfecto.
El hombre de la barba blanquecina parecía aburrirse con tremendo rollo improvisado que había desarrollado con mucha emoción. A fin de cuentas, logré recordarle su mejor versión: ¡puta madre, sigues enamorado de ese huevón! me dijo enfatizando las vulgaridades.
Del bolsillo derecho sacó su caja de Marlboro, luego prendió lentamente el cigarrillo, aspiró hondo hasta la médula. Miró por la ventana y dijo: ¡Ay Ribeyro!
Así me decía. Sin embargo, no hacía mucha gracia (ni honra) cuando continuaba con el humor: Ribereño y roto, y soltaba la carcajada. 

Y así el momento se torno adecuado para empezar por lo que vine, sin cuidado le dije:
¿Quién es Vallejo para ti?
C: ¿Vallejo? Mmm. Puede ser un idiota.
Ya pues Clemente dígame serio.
C: Estoy serio, Te digo que es un idiota. Observa, en este mundo hay dos tipos de personas: Algunos que evolucionan y otros que terminan cagandola. Vallejo fue el último sin haber sido el primero alguna vez.
Injusticia. Hablas por el hígado, Vallejo destacaba por su poesía descomunal, nadie va a poder negarme que Trilce sea tan moderna y bien pensada como una pieza musical barroco.
C: Por dios, fíjate que lo redactó en una cárcel, preso de su carácter, justamente es allí donde cualquier pieza de arte no puede ser creada. El alma esta encadenada a sufrir en ese espacio. Vallejo es una copia de Bécquer y Espronceda.
Tú eres una copia de un periodista sabelotodo, despectivamente hablando.
C: JAJAJA, río porque tu ingenuidad me da tanta ternura.
¿Y qué me dices de su narrativa? No te parece sobre saliente su sensibilidad frente a la sociedad.
C: Me parece tan rescatable como el poder autodestructivo en muchas líneas…
¿Has almorzado?
C: No bromeo, Vallejo ni siquiera fue un lector voraz, ni audaz, lo dice Georgette. Y no hay floro que valga para el acto de crear.

Clemente seguía aspirando bocanadas. El rubor se empezaba a notar en su rostro. Me percaté que si seguía defendiendo a Vallejo iba a terminar por convencerme, así que, apliqué algo que él mismo me enseñó a la hora de entrevistar.

¿Cómo saber tanto de Vallejo si ni siquiera es fácil comprenderlo por el único medio que se deja ver?
C: Bueno, se siente. No hay otro registro fiel que la poca historia, su mirada y sus escritos. Si amó tanto a Paris porqué no se largo sin dejar precedentes marxistas ni legados de personajillos auto flagelándose por una vida caótica. ¿Por qué contemplar un alma atrapada en si misma? ¿Me comprendes?
Sin lugar a dudas hay belleza tras ese sentir.
C: Pero entonces habría un millón de grandes poetas ¿no? Recuerda que Vallejo era muy miedoso, usaba metafísica para escudarse de enfrentar a la vida. ¿El peruano universal? ¡No lo creo!

Mientras avanzaba con sus afilados cuchillos, yacía en mí una duda, un evento que pocas veces ocurre en la existencia de un fracasado periodista que solo puede aspirar. ¿Qué estoy haciendo con mi vida? Aquellos personajes que me fueron marcando por su obra creativa se iban desmoronando con la “poesía” que Clemente me disparaba. Entonces recordé aquella carta que Vallejo le escribió a Antenor Orrego cuando acababa de recién publicar “Trilce”: “Para los más no se trata sino del desvaríos de una esquizofrenia poética o de un dislate literario que solo busca la estridencia callejera (…) Me siento colmado de ridículo, sumergido a fondo en ese carcajeo burlesco de la estupidez circundante, como un niño que se llevara torpemente la cuchara por las narices”

Y lo que hizo, fue finalmente clavarme el puñal sin la rosa.
No podía entrevistar a Vallejo.
Mientras guardaba mis cosas pensaba en cómo preguntarle a qué otro personaje podría entrevistar para la publicación especial del fin de semana. En mi letargo soñaba con Carlos Oquendo de Amat, Xavier Abril, incluso Valdelomar.

Recordaba instintivamente el motivo de mi visita. El porqué elegí a Clemente Palma para resolver el dilema que me provocaba mi alter ego. Aquel personaje que me desveló eróticamente, que me hizo pensar sobre el poder lingüístico y sobre todo que me convenció que podía escribir poesía.
Súbitamente de espaldas hacia la ventana, Clemente sacó un libro de bolsillo, súper delgado y añejo como la piel que habita. Observa me dijo y señaló hacia la calle. Luego, abrió la cerradura y un viento fortísimo ingresó espantando los membretes y papelería de su mesa. Sacó la mano por ella y dejó caer el libro sin compunción alguna.

A veces las cosas se han hecho para tirarlas por la borda, me dijo; prendió el último Malbroro y se despidió dándome un fuerte abrazo. Mucha suerte concluyó.

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