Imagina un fondo musical.
Juan andaba por los pasillos del
instituto, cansado. Ana, corría alegre hacia la bodega, pedía una barra de
chocolate con almendras y se retiraba muy contenta. No era su favorito sin
embargo expresaba demasiada alegría en este día, sonreía hasta por la espalda.
Siempre al iniciar una nueva experiencia trataba de estar lo más feliz posible
pues le generaba muchas expectativas. Olvidaba el pasado y miraba con altura.
Nunca agachaba la cabeza. Sentada en el salón empezaba a observar a sus
compañeros. Se imaginaba personalidades, situaciones, todas graciosas. Se reía
para ella y guardaba la compostura para que nadie note lo extraña que parecía.
En la otra esquina, Juan, totalmente indispuesto, dibujaba círculos y
rectángulos para matar el tiempo. El ambiente lóbrego de un lado y la esperanza
que le hacía guiños. De pronto el profesor entraba al salón y las formalidades
comenzaban con: buenos días maestro. Al finalizar la clase, todos los alumnos
salían a despejarse de la rutina estudiantil. Siempre Juan en una esquina
dibujando, en todas las clases y en todas las escuelas que tuvo.
Imagina un fondo musical
dramático.
Pero la esperanza enraizada
dentro de su alma despertó ese día. Ana, se acercó a charlar un momento. ¿Quién
eres? ¿Qué haces aquí? ¿Quieres ser mi amigo? Juan había tenido malas
experiencias, muchas veces temeroso perdía la empatía. Juan venía de varias
escuelas. Su padre chef viajaba mucho, por eso, tenía que acostumbrarse a
sentir una cama diferente, un olor de almohada distinto y una sabana que había
usado una prostituta cualquiera. Era difícil para él hacer amigos, menos
amigas. Víctima potencial de bullying en todas las escuelas. Lo amarraban con
cables y lo encerraban en el baño, lo golpeaban para verlo llorar, le quitaban
la comida y el poco dinero que llevaba. Trágicos quince años donde tuvo que
callar por amor a su padre. Así es, él creía que contándole iba a
decepcionarlo, iba a perder toda la poca confianza que había cosechado, además,
su padre no estaba en las condiciones para cambiarlo de escuela todo el tiempo.
Imagina un fondo musical
esperanzador.
Ana le dio la mano ese día. Le dio la
confianza que necesitaba para no callar más. Le dijo que ella había sufrido
igual. Ella había sido violada por sus propios compañeros. No sentía vergüenza,
se sentía sumamente poderosa pues contaba con su mejor amigo: la personalidad.
Ana había superado mediante tratamiento y terapias clínicas esas escenas
violentas cultivadas en su mente. No podía dormir. Se orinaba en su cama. Se
perdía en pesadillas obscenas y hasta quiso matarse. Tuvo que pasar dos días
alejada de su hogar para darse cuenta de que nadie la podía silenciar. Que lo
único que le impedía hablar era ella.
Imagina todos los fondos
musicales juntos.
Un día, le contaba a Juan, fui
donde el muchacho que me violó. Se llamaba Elvis. Teníamos trece años los dos.
Lo cité en el baño de mujeres, le dije que me moría de ganas de besarlo. Él
accedió a mi llamada y vino muy ansioso. Le dije que antes de hacerlo le iba a
mostrar un video. Para eso, él, había grabado mi violación cuando tenía doce y
lo había subido a la web. Lo descargué, la edité y en vez de mi rostro puse el
rostro de su madre. El montaje quedaba perfecto y realmente parecía su mamita.
Le puse el video en mi celular. Solos, los dos, sin nadie que nos molestara.
Mientras avanzaba el video él me acariciaba para excitarme, para poseerme,
hasta que vio a su mamá con asombro. Se paralizó y me quitó las manos. Estaba
muy atento ahora a lo que pasaba. No me quiero ni imaginar que pasaba por su
mente. Viendo a su madre ser violada como lo hizo conmigo. Ese muchacho nunca
fue denunciado ni mandado a un sanatorio. Nadie hizo justicia. Todos le creían
a él. Sin embargo, yo fui la única que tuvo agallas para sentenciarlo. Lo
humillé. Se puso a llorar y de rodillas me pidió disculpas. Luego del show que
hizo le dije que yo ya estaba marcada para toda mi vida. Que lo que me hizo
nunca iba a ser borrado, podría maquillarse pero nunca borrar. Nunca fue
consecuente, nunca pensó en su madre, menos en su hermana menor. Agarré unas
tijeras y le corté el miembro. Nunca te vas a olvidar de mí le dije. Y nunca
más volví a la escuela.
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