¡Vamos, canta! … ¡eso, que suene esa bulla! ¡Hurra! ¡Hurra!. Si te
queremos! En el estrado se encuentra Lionel, parado, mirando el micrófono
con detenimiento, respirando acelerado. Las manos le tiemblan y solo quiere huir.
El sudor que cae sobre su rostro lo delata. Al fondo empieza una gresca. Se
percata hábilmente de que la crisis nerviosa lo consume y grita fuerte. Muy
fuerte…
Abrió los ojos. Una pesadilla.
Lionel siempre había cantado frente a un vasto público pero hoy era diferente,
hoy era su último concierto y por eso se sentía ansioso, nervioso. Desde hace
una semana andaba conversando con su madre acerca del evento. A veces con
diecisiete años uno toma decisiones apresuradas y lo hace erróneamente, por eso,
con frecuencia su madre lo apoyaba. Le decía que para cantar debía sentir con
el alma. Es una sensación extraña. Como
si te fueras a desmayar pero no, o sea, como si estuvieras haciendo lo que más
te gusta con quién más quieres, siempre decía ella. Su madre es la persona
más tolerante y amorosa. Ama a su único hijo. A pesar de que su esposo lo
abandonara supo salir de la ruina, pues fueron muy pobres, ahora, ya no comen
de un mismo plato. Apoyar a su hijo es lo que más desea hacer en esta vida.
Nunca quiere dejarlo. Así este harta de la injusticia e indiferencia de la
sociedad. Quizás cuando crezca y se dé cuenta de lo que es, y de lo que vale,
ella estará satisfecha, consciente de que una madre nunca abandona.
Lionel se alista para el gran
concierto. Siempre usa zapatos negros de charol. El los lustra sin apuro, un
día antes. La corbata de Disney que su tío Rigoberto le trajo de Canadá es la
preferida. La camisa azul manga larga y el pantalón gris rata terminan por convertirlo
en un galán de boda. La abuelita que ya no se puede parar le da una bendición
en la frente. Desde su silla le agarra las manos como cuando lo vio nacer. Lo
besa fuerte en el cachete y se retira. Dios lo bendiga por ser tan cariñoso
piensa su madre. Afuera se suben al Cadillac. Le abren las puertas unos tipos
vestidos de blanco y negro. La ansiedad parece controlada, aparentemente la
música que pusieron en el auto lo ha calmado.
¡Preparados! ¡¿Están listos?! (Silbidos, aplausos y gritos
desenfrenados) Entonces démosle un fuerte aplauso a la voz más increíble de
este planeta, a la única voz que toca realmente los corazones. Todos de pie
para recibir al más grande, brindándonos en vivo su gran concierto. El enorme
coliseo te lo agradece, con ustedes ¡Liooooooneeeeeel!
Su madre llora de la gran emoción,
sus tíos aplauden de alegría, su abuela lentamente esboza una sonrisa y se
persigna.
En la sala se encuentra Lionel cerrando
los ojos. Atrás, un comedor desordenado y un gato que se quiere subir por el
postrecillo. Dispara palabras mal sonantes, palabras incompletas, frases
arrítmicas. Aplaude con alegría desbordante y parpadea demasiado. De repente se
emociona mucho y su torpe pierna patea el pedestal del micrófono. El sonido que
sale por los altavoces se acopla. Lionel muy temeroso se tapa los oídos. Le
gusta cantar, su madre lo ama, su abuela es cristiana, y su vida es imaginarse
cantante, cantando como si fuera su último concierto. Nadie lo va a parar, ni
siquiera su enfermedad.
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