Atardecía el sábado y ya era
tiempo de escuchar la radio que tanto gustaba. En esta emisora siempre pasaban
música clásica. Bach, Mozart y Beethoven encantaban con sus melodías y hacían
que esa pequeña mente cocinara ideas extravagantes y singulares. A sus seis
años, Lucy disfrutaba de las cosas que hacían los mayores. Por ejemplo, amaba
conversar en grupo y discutir acerca de la realidad nacional (a pesar de que
luego se ponía llorar al sentir que no había solución). Pregonaba el reciclaje
en su entorno, defendía la justicia y proclamaba la libertad de derechos. Así
como también divulgaba la adopción de mascotas callejeras y de vez en cuando
asistía al taller: “Protejamos el medioambiente” Lucy, al escuchar
especialmente la novena sinfonía de Beethoven, se transportaba mentalmente muy
lejos de la tierra; un lugar donde hay más luz que oscuridad. Cerraba sus
ojitos y trataba de ver a Dios, pues nunca lo había visto, ni siquiera en
fotografías (su familia le prohibía ver imágenes cristianas), pero siempre
había escuchado hablar a los mayores acerca de él, por eso la gran intriga a
sus cortos seis años. Siempre intentó mediante esta especie de sesión verle el
rostro, pero cuando sentía que estaba cerca del omnipotente, Beethoven callaba
y la sesión culminaba. Lucy no es una niña corriente. Ha decidido que el sábado
venidero verá el rostro de dios y luego lo dibujará para que sus amigos le
crean y dejen de burlarse de su ingenuidad. Mientras cuenta las horas a que
empiece la nueva sesión de radio proxy decide hablar con su padre, un hombre
hastiado hasta el alma con la religión. Las preguntas son muy inocentes: ¿Dios es alto? ¿Lo conoces? ¿Tiene cabello o
es pelado como tu papi? El padre se remite al silencio, a leer el periódico
y a decirle que no lo fastidie con preguntas que no está para perder el tiempo.
Por último que vaya con su mamá. Lucy acata la decisión y se dirige a su mama
que se encuentra en la cocina tratando de sacar hasta la última cochinada de
los platos. ¿Mami conoces a dios? pregunta
tiernamente. Por supuesto Lucy, ¿porque
tal duda? pregunta sarcásticamente. Curiosidad
mami ¡Yo lo voy a ver este sábado¡ (lo dice con emoción y brota una sonrisa
en su rostro)…. ¡Ay Lucy de donde me sacas tantas locuras! Solo
recuerda que dios no es imagen. Dios es espíritu y por consiguiente solo puedes
sentirlo mas no verlo. Lucy, después de muchas aclaraciones siente más ansias
de verlo. Solo le queda descansar y dormir para que tenga una sesión
satisfactoria y pueda estar más arriba que los demás. Finalmente ha empezado la
programación de radio proxy y se ha encerrado, por supuesto, sin decirle nada a
nadie. Ha fingido estar cansada frente a su mamá y le ha dicho que va a tomar
una siestecita para poder recuperarse. Después de una hora sentada frente a la
radio y de haber escuchado a Mozart y a Bach, se ha preparado para abrirle el
corazón a Beethoven. La novena sinfonía empieza y ella cierra los ojos con
decisión. Se transporta mentalmente a ese lugar donde hay mucha luz e intenta buscarlo.
¡Dioooooos! Grita por doquier y parece no haber vida en ese lugar pues nadie
responde. Se pone nerviosa porque se da cuenta que la novena sinfonía está a
punto de terminar. Entonces se le vienen pensamientos de fracaso, de odio y
recelo consigo misma porque su objetivo está cada vez más lejos. Se ve llorando
desconsoladamente sobre un montículo de arena y las lagrimas que se hacen más
pesadas. De repente aparece él vestido de blanco y le dice: Vamos Lucy,
acompáñame al reino de los cielos. La novena acaba; su madre toca
desesperadamente la puerta y no encuentra respuesta. Trae el duplicado de la
llave de ese cuarto y abre con desesperación. Empuja la puerta y no encuentra a
nadie. La radio sigue prendida pero el sonido se ha ido. Lucy también.
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